Mensaje 2021-Jun-7

Antes su hijo, ahora su Salvador

Jesús miró a Su madre terrenal y, a pesar de Su agonía, sacó el aliento que necesitaba para hablar y dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Él no se refería a Sí mismo, sino a Su discípulo Juan, que se hallaba junto a ella y que un tiempo después escribiría el cuarto Evangelio.

Juan había estado toda la mañana junto con María y las otras mujeres. Ahora Jesús le asignaba el deber de cuidar a Su madre como un hijo lo haría: “Ahí tienes a tu madre”.

La muerte de un hijo trae una pérdida irreparable para una madre. Una madre afligida puede tener otros hijos, pero nunca podrán tomar el lugar del que ya no va a estar. Juan podía cuidar de María, sin embargo, aun siendo amable como era, él nunca podría tomar el lugar de Jesús. Este episodio nos enseña:

  1. Como Su hora había llegado (debía morir, resucitar y ser glorificado), Su relación humana con María, Su madre terrenal, terminaría, y para ella, igual que para nosotros, Él sería el Cristo glorificado; y así como todos los demás creyentes, ella tendría, por fe, que creer en Él, aceptar para sí el pago de sus pecados en la cruz y recibirlo como su Señor y Salvador.
  2. Durante treinta y tres años, Jesús había sido el hijo de María; pero Él era, y es, el Hijo de Dios. Él tomó forma humana por medio de Su madre para que pudiera llegar a ser nuestro Salvador. Pero cuando estaba colgado en la cruz, la sangre drenándose de Su cuerpo y la vida desvaneciéndose, la relación entre Jesús y María estaba cambiando.
  3. María estaba a los pies de la cruz gritando: “¡Mi hijo, mi hijo, mi hijo!”; pero Jesús estaba diciendo: “¡Ya no tienes que pensar en mí como tu hijo! A partir de ahora, Juan tomará ese lugar en tu vida; considéralo como tu hijo”. Así que, ¿cómo, entonces, iba María a considerar a Jesús? Como su Salvador y como su Señor. El hijo de María murió, y en Su muerte se convirtió en su Salvador.

María perdió un hijo insustituible, y ganó un Salvador incomparable. Su ganancia fue mucho mayor que su pérdida. Al perder el amor de un hijo tomado de ella por la muerte, ganó el amor de un Salvador que la muerte nunca podría tomar de ella. María fue al cielo, no porque Jesús era suyo por nacimiento, sino porque ella era de Él por la fe. La mayor alegría de María no estaba en la vida que ella le dio a Jesús, sino en la vida que ella recibió de Él. Ella le dio vida a Él en la carne por un tiempo; Él le dio vida a ella en el Espíritu por siempre.

Así como María amó y adoró a quien había sido su hijo, nosotros debemos amar y adorar a Jesucristo por lo que es: nuestro Señor y Salvador.