Mensaje 2019-Oct-6

El Salmo 16 es uno de los más hermosos de la Biblia, especialmente por sus expresiones de confianza en Dios, sus recuerdos de las bendiciones del Señor, su afirmación de fe en Él y la decisión de seguirle con fidelidad. El salmo expresa algo de David, pero mucho más de Cristo. Empieza con unas expresiones de devoción, propias de David, pero que también se aplican a Cristo, y termina con una confianza tal en la resurrección que solo puede aplicarse a Cristo. David se expresa en el lenguaje de todo buen creyente al profesar su confianza en Dios, su contentamiento en Él y su afecto al pueblo de Dios.

Es un canto de confianza y gozo de un hombre que sirve al Señor con todo su corazón. Él vive en una época en que sus contemporáneos tratan de unir la adoración del Señor con el culto de dioses locales. Pero David no quiere tener nada que ver con los ídolos e idólatras. El camino de ellos sólo conduce a la multiplicación de dolores. Más bien, se deleita en los hombres que no solamente tienen un buen nombre, sino que también son «íntegros» en carácter. Su suprema delicia, sin embargo, es Dios, su Señor soberano. Para él, Dios es su todo: «No hay para mí bien fuera de ti» (16:2).

Como consecuencia de esta complacencia absoluta en Dios, la extiende también a todos los que son hijos de Dios: «Para los santos que están en la tierra y para los íntegros, es toda mi complacencia». Si Dios es nuestro referente, debemos, en atención a Él, extender nuestra generosidad a nuestros hermanos en Cristo, a los santos en la tierra, pues lo que se les hace a ellos, Él se agrada en recibirlo como hecho a Él mismo, habiéndoles constituido miembros de la familia de Dios.

Cuando se habla de santidad se hace referencia a un atributo de la naturaleza de Dios que implica una absoluta perfección moral, infinita bondad, amor y misericordia, pero también es una virtud indispensable en todo verdadero creyente. Santo se refiere a estar “apartado de” y “separado para”, por lo tanto, el llamado de Dios para que seamos santos, es la invitación a tener una vida apartada del mal y de lo malo del mundo, porque somos separados para servirle a Dios.

De la misma manera, la integridad se relaciona con las creencias en las cuales el ser humano basa sus comportamientos. Una persona íntegra es aquella que tiene una conducta correcta que le hace un individuo educado e intachable, y que construye un conjunto de valores que le permiten desarrollarse en forma integral y moralmente adecuada.

Los que reconocen que Dios es su Señor, deben recordar a menudo lo que han hecho, recibir Su consuelo y vivir en consagración al honor de Dios en el servicio de los santos. Los que han sido renovados por la gracia de Dios y consagrados a la gloria de Dios, son santos en la tierra y proceden con integridad.

Existen tres evidencias de la santidad y la integridad de una persona temerosa de Dios:

  1. Se complace en el Señor: “Tú, oh Cristo, eres todo lo que anhelo” y Dios en los cielos manifiesta Su complacencia.
  2. Siente deleite en el pertenecer al reino del Señor: son santos los “consagrados”, los que el Señor ha “apartado” para Sí.
  3. Se regocija en la verdad del Señor y en Su enseñanza.

¡Nosotros debemos ser íntegros y santos en la tierra para que seamos íntegros y santos en el cielo!