Mensaje 2020-Oct-1

La constancia de Dios en el bien

Los versículos anteriores (Santiago 1:13-15) forman el trasfondo de lo que Santiago presenta en este versículo 17. Al afirmar que toda buena dádiva y todo don perfecto vienen “de arriba” deja claro una vez más que la tentación, el deseo y el pecado no proceden de lo Alto; de allí, “del cielo”, es decir, de Dios, sólo vienen cosas buenas (Hechos 14:17).

¡Toda buena dadiva y todo don perfecto vienen de Dios!, porque solo de Él, que es el Creador del universo, puede provenir la verdadera bendición y es la única fuente del bien.

  1. Tenemos un Padre en los cielos, que es inmutable y que está listo para darnos los mejores regalos y las más grandes bendiciones, si tan solo nos acercamos a Él pidiendo con fe y creyendo que nuestra provisión solo viene del Señor.
  2. ¡Sus planes son con el propósito de prosperarnos y darnos lo mejor! Nunca nos conformemos con las cosas que el mundo ofrece, ¡busquemos a Dios! Él nos bendecirá más de lo que podremos imaginar.

Nuestra confianza en Dios está firmemente asegurada por Su Luz que jamás se eclipsa, ni aún palidece por un instante; Su misericordia siempre brilla (Salmo 100:5), y brilla siempre con el mismo esplendor. Una magnífica prueba de la bondad del Dios que no cambia es la vida divina que nos ha conferido: “Él decidió libremente engendrarnos espiritualmente mediante la predicación del Evangelio, para que fuésemos las primicias de todo lo que ha creado”. Lo cual significa que nuestra regeneración espiritual es obra de la libre y soberana gracia de Dios, y el medio que Él usa para ello es la predicación del Evangelio, el poder de Dios para salvación a todos aquellos que hemos creído (Romanos 1:16); los cuales somos las primicias, la parte más noble y digna de toda la creación a causa de nuestra dignidad como hijos de Dios.

Ese nuevo nacimiento nos introduce en la familia y propiedad de Dios. En el Antiguo Testamento era ley el que todos los primeros frutos eran consagrados a Dios. Se Le ofrecían a Dios en un culto de acción de gracias, porque Le pertenecían. Así que, cuando nacemos de nuevo por la Palabra verdadera del Evangelio, pasamos a ser propiedad de Dios, como se hacía con los primeros frutos de la cosecha.