Mensaje 2019-Nov-2

Jesús se relaciona con la mujer Samaritana, con una actitud afectuosa y la honra haciéndola, en alguna forma, protagonista de sus enseñanzas de salvación. Jesús aprovechó la sed física de la mujer en medio de una región árida, para explicarle su necesidad de transformación espiritual:

  • Lo que Jesús nos puede dar. Juan introduce un diálogo entre Jesús y la mujer. No desaprovecha la ocasión de pasar por allí, un lugar prohibido para los Judíos. Cualquier acercamiento es la oportunidad precisa para hablar de Jesús con un mensaje esperanzador; el maestro se acerca, e inicia una conversación sin discriminación.
  • Él nos conoce y sabe lo que necesitamos. Jesús conoce la necesidad sentida (física, emocional o material) para suplir una necesidad profunda (espiritual). Entabla una conversación amena y la mujer abre su corazón. Una palabra de sabiduría viene de parte del Maestro para mostrarle una opción de vida verdadera. Él le conoce, habla a su espíritu y es persuadida a adorar al Señor.
  • Sed saciada. Creemos que Jesús necesita adeptos. Pero la realidad es que somos nosotros quienes necesitamos de Él. “¿Cómo es que tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy samaritana? Jesús le responde: «Si supieras del regalo de Dios y supieras quién es el que te está diciendo ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido agua a él, y él te habría dado agua viva». Entonces, ella le contesta: «Pero, señor, si ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es profundo. ¿De dónde vas a conseguir esa agua viva? ¿Acaso eres tú superior a nuestro antepasado Jacob? Él fue quien nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y su ganado»” (Juan 4:9-12).

Lo que Cristo nos da no es algo para mantenernos vivos, sino para hacernos vivos.; esta agua de «gracia y verdad» que vino por Jesucristo, es el agua que salva y que da satisfacción; no nos es dada solamente para refrescar, sino para regenerar. En ella están los elementos de la luz y vida eternas.