Mensaje 2020-Nov-15

Pequeños ungidos

Los seres humanos no solo necesitan ser librados de la condenación eterna, sino también necesitan ser salvados de sí mismos, de los hábitos que se convierten en cadenas, de sus tentaciones, de sus temores y ansiedades, de sus locuras y errores. En todos los casos, Jesús ofrece salvación a todos; Él aporta lo que nos permite enfrentarnos con el tiempo y encarar la eternidad.

Cuando expresamos en oración que creemos sinceramente en Jesucristo y en su obra en la cruz, aceptamos el pago con su sangre por nuestros pecados y le pedimos que sea Él el Señor de nuestras vidas, se nos da la potestad de ser hijos de Dios, nos convertimos en cristianos (en griego, pequeños ungidos) y recibimos al Espíritu Santo.

Es la obra del Espíritu lo que nos hace buscar a Dios, lo que nos hace conscientes de la presencia de Dios, lo que nos da la certeza de que estamos en verdad en paz con Dios, lo que nos invita a dirigirnos a Dios como Padre. Es el Espíritu de Dios que se une a nuestro espíritu, y nos confirma que somos hijos de Dios y que tenemos derecho a todo lo bueno que Él ha preparado para nosotros. Todo eso lo compartiremos con Cristo. Y si de alguna manera sufrimos como Él sufrió, seguramente también compartiremos con Él la honra que recibirá (Romanos 8:15-17).

La presencia de Dios en nuestra vida es una prueba de que en verdad somos de Él, y el Señor nos da el poder para amar todo lo que de Él procede. Nos corresponde, entonces a nosotros, permanecer en Él y depender de ese poder para llevar el mensaje de Dios a los demás.

Aquellos que estamos verdaderamente persuadidos de ser hijos de Dios, no podemos sino llamarlo Padre. Por amor a Él, odiamos el pecado y todo lo que no concuerde con Sus preceptos, y tenemos el sano deseo, de todo corazón, de hacer Su voluntad. Este testimonio solo lo podemos sentir de parte del Espíritu Santo que permanece en nosotros.

¡Un cristiano que ama a Dios es un cristiano conforme al corazón de Dios!