Mensaje 2020-May-08

¿Por qué me has abandonado?

Esta expresión de Jesús en la cruz revela el terrible precio que tuvo que pagar para expiar nuestro pecado; fue el clamor del Desamparado. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde hubo oscuridad. No se conoce lo que le sucedió a nuestro Señor durante aquellas tres horas. Una luz extraordinaria asistió a su nacimiento; una extraordinaria oscuridad asistió a su muerte. Al final, el silencio queda roto por un clamor, de forma que no solamente hubo tinieblas en la naturaleza, sino que hubo también tinieblas en el alma de nuestro Salvador.

A pesar de las cosas terribles que el Señor experimentó en la cruz, no fueron los sufrimientos físicos los que le causaron el mayor dolor, pues lo que allí sucedió fue mucho más profundo que su dolor físico; fue la ira de Dios cayendo sobre la cruz y sobre Él, sintiendo por primera vez la más amarga soledad de haber sido abandonado por Su Padre. No nos alcanzamos a imaginar lo que este abandono significaría para Jesús, que desde toda la eternidad no había conocido ninguna separación de Su amoroso Padre.

Fue en la cruz en donde Jesucristo sufrió el castigo que todos nosotros merecíamos por nuestra desobediencia, experimentando el ridículo, la burla y la humillación; todo porque estaba llevando sobre Él el peso de nuestra culpa, el peso de nuestra iniquidad, de nuestros odios, de nuestros resentimientos, de nuestras mentiras, de nuestros adulterios, de todo lo inmoral cometido por el hombre; fue allí donde dijo “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”.

Notemos que en esta exclamación llama “Dios” a Su Padre, porque le estaba hablando a Dios como Juez, pues en ese momento Él estaba siendo juzgado por nosotros; Dios no era su Padre, Él era el Juez que tenía que juzgar al mundo y Jesús debía pagar por lo que nosotros habíamos hecho. Pero una vez cumple con el encargo dado, entonces exclama “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Esto nos enseña que debemos pedirle a Dios con todo nuestro corazón que nos ayude a perseverar en comunión y a reconocer siempre el gran sacrificio que hizo el Señor Jesucristo, como camino infalible para llegar ante Su presencia.

¡Tomemos el buen camino y hagamos que la obra de la cruz haya valido la pena!