Mensaje 2020-Feb-03

En época de Moisés, no existían los libros, Biblias ni librerías donde se distribuyera la Palabra de Dios, así que la gente tenía que confiar en el comunicado verbal y en la buena memoria. La memorización era una parte importante de la adoración, ya que, si todos conocían la ley, la ignorancia no sería una excusa para quebrantarla.

A quiénes había de leerse: delante de todo el pueblo de Israel (mujeres, niños y extranjeros). Las mujeres y los niños no estaban obligados a asistir a las fiestas, solo debían hacerlo a la fiesta en que se leía la Ley. En este sentido, los rabinos afirmaban que los hombres se reunían para aprender; las mujeres, para escuchar; los niños, para retribuir a los que los llevaban.

Quién había de leerla: toda la nación era responsable de este mandato, aunque se delegaba esta labor en los gobernantes, como Josué (Josué 8: 34-35), o Josías (2 Crónicas 34:30) o los sumos sacerdotes, como Esdras (Nehemías 8:3).

Con qué objeto había de leerse solemnemente: para que la generación que la escuchaba aprendiese a temer a Dios y a guardar todos los mandamientos que en ella estaban contenidos. Lo mismo debemos hacer nosotros: oír la Palabra de Dios para aprender y crecer en el conocimiento del Señor, de tal forma que cada vez que leamos y estudiemos las Escrituras, nos daremos cuenta de que siempre queda más y más que aprender de ellas.

Hoy tenemos disponibles todos los medios para leer y estudiar la Palabra de Dios. Para cumplir con el propósito y la voluntad de Dios en nuestra vida, necesitamos tener en nuestro corazón y nuestra mente el contenido y la sustancia de Su Mensaje.

La voluntad de Dios es que todas las personas se familiaricen con Su Palabra y esto es una regla para todos, con el objetivo de conservar el conocimiento de las verdades, preceptos y adoración de Dios.