Mensaje 2020-Feb-01

Llegamos a ser cristianos mediante el don inmerecido de Dios, no como el resultado de algún esfuerzo, habilidad, elección sabia o acto de servicio a otros de nuestra parte. Fue el propósito de Dios para lo cual nos preparó bendiciéndonos con el conocimiento de su voluntad, permitiendo que su Espíritu Santo produjera tal cambio en nosotros que glorificamos a Dios a través de nuestra buena conversación y perseverancia en la santidad.

Como tales buscamos servir y ayudar a otros con cariño, amor y benevolencia y no simplemente para agradarnos a nosotros mismos. Si bien ninguna acción u «obra» nos puede ayudar para obtener la salvación, la intención de Dios es que nuestra salvación resulte en obras de servicio. No somos salvos solo para nuestro beneficio, sino para el de Él, para glorificarle y contribuir en la edificación de los demás miembros de la Iglesia.

Nuestra salvación se explica en términos de la nueva creación que Dios hace de nosotros en Cristo. De esta forma, con Jesús, somos primicias de su pueblo santo y hemos sido transformados para que realmente podamos hacer verdaderas buenas obras.

Las buenas obras no pueden producir salvación, pero son el resultado subsiguiente y constituyen frutos y evidencias de ella, producidos en el poder de Dios. Las buenas obras que debemos hacer, al igual que la salvación y la santificación de un creyente fueron dispuestas por Dios antes que comenzara el tiempo, pues la omnisciencia de Él le permite saber desde el pasado eterno quienes habrían de venir a Cristo; y también nos revela que es una decisión predeterminada del Creador para derramar Su amor sobre nosotros y establecer una relación íntima con Él.

La meta del propósito predestinado de Dios para los suyos es que sean hechos semejantes a Su Hijo, lo cual constituye el premio del supremo llamamiento en Cristo Jesús.