Mensaje 2020-Ene-14

Muchas cosas se pueden hacer sin el menor riesgo para nosotros, pero no se deben hacer si van a causar algún daño a otros. Todo creyente, dentro de la legítima libertad cristiana, ha de estar atento a no servir de tropiezo a ninguna persona, más bien «ha de buscar el interés del otro por encima del propio». Perseguir el bien propio es la búsqueda de la gloria personal, que es motivo de la ambición egoísta. No nos consideremos sólo a nosotros mismos, seamos sensibles a los demás. Tenemos obligaciones para con nosotros mismos; pero son muy importantes las que afectan a los demás.

Algunas veces es difícil saber cuándo marginamos a las personas cercanas a nosotros. Hay una regla simple que podemos seguir al tomar nuestras decisiones: «debemos actuar con sensibilidad y gracia».

Las diferencias no deben temerse ni evitarse, sino aceptarse y tratarse con amor. No esperemos que todos estén de acuerdo en cada asunto, aceptemos, escuchemos y respetemos a los demás. Las diferencias de opinión no deben causar división. Pueden llegar a ser una fuente de aprendizaje y enriquecimiento en nuestras relaciones.

Todas las personas tenemos la tendencia a imitar a los demás. Tal vez no nos demos cuenta, pero es probable que una persona nueva en la creencia o más débil espiritualmente se esté fijando en nosotros; por ello estamos obligados a ser el ejemplo que fortalezca al débil, afiance al vacilante y libre de caer al tentado. Podemos hacerlo todo para la gloria de Dios si cumplimos la obligación que tenemos con nuestros semejantes. Y sólo lo haremos teniendo presente que la libertad cristiana no se nos ha dado exclusivamente para que la disfrutemos, sino también para que ayudemos a otros.

¡Con nuestro proceder con los demás, honramos u ofendemos a Dios; conduzcámonos conforme a las enseñanzas del Señor!