Mensaje 2020-Ene-13

Jesús dice esto no solo a los discípulos que se hallaban allí con Él, sino también a «los que habían de creer en Él por medio de la palabra de ellos», es decir que la oración del capítulo 17 y la promesa de este versículo es también para nosotros, si guardamos y obedecemos los mandamientos de Dios. El deber de los que reclaman para sí el privilegio de ser discípulos de Cristo es que al tener los mandamientos, han de guardarlos; no es suficiente guardarlos en la mente, es menester que los guarden en el corazón (Salmo 119:11) y los reflejen en su conducta. La prueba más segura de nuestro amor al Señor es la obediencia a las normas por Él establecidas.

Jesús reitera la necesidad de la obediencia continua a Sus mandamientos (que incluyen los mandatos de carácter ético y toda la revelación de Dios) como prueba del amor del creyente hacia Él y hacia el Padre Celestial. El amor y la obediencia a Cristo son inseparables; si decimos que le amamos, también expresamos que le obedecemos.

La revelación del Padre es canalizada por medio del amor de Cristo hacia nosotros. Si tenemos los mandamientos del Señor debemos entonces obedecerlos. Y al tenerlos en nuestra mente, nos corresponde guardarlos en nuestro corazón y en nuestra vida. La prueba más segura de nuestro amor a Cristo es la obediencia a Sus preceptos.

Jesús dijo que sus seguidores demuestran amor por Él al obedecerlo. El amor no es solo bellas palabras, es compromiso y conducta. Si decimos que amamos a Cristo, manifestémoselo obedeciendo lo que dice en Su Palabra. La clave para alcanzar las maravillosas promesas de Dios es amar al Señor (y Su Palabra) y demostrar ese amor mediante la obediencia.

Obedecer los mandamientos de Dios nos permite ser amados por el Padre. Nosotros no podemos amar a Dios si no es por el amor que Él nos ha manifestado primero, por medio del cual podemos corresponder con el amor que es el primer fruto del Espíritu (Gálatas 5:22). Dios nos ama y nos hace saber que nos ama. Si amamos al Hijo, el Padre nos ama y nos hace saber que nos ama. Si amamos al Hijo, el Padre nos ama también a nosotros, ya que Él ama infinitamente al Hijo. Disfrutamos igualmente del amor y de la manifestación de Jesús, lo cual se lleva a cabo mediante la Palabra y el Espíritu, y es una realidad en la vida del creyente de forma que pueden decir como el apóstol Pablo: «El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león. Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén». Si Jesús es nuestro Pastor «nada nos faltará».

Amar al Señor Jesucristo es amar al Padre y ser amados por Él de una manera muy especial. El efecto de este amor mutuo es una manifestación adicional y más plena del mismo Señor como la imagen del Padre al corazón del que ama. ¡Qué gran satisfacción saber que por cuanto amamos al Hijo de Dios somos amados por el Padre, y que este gran amor de Él no puede encontrar una mayor recompensa que dar a Sus hijos que una experiencia más plena y profunda de Su Hijo, Jesucristo!