Mensaje 2021-Abr-6

… Porque todo lo que hay en el mundo, es decir, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus deseos pasan; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

(1 Juan 2:15-17 RVC)

Hacer la voluntad de Dios

Las cosas del mundo se desvanecen rápidamente y mueren; el mismo deseo disminuirá y cesará dentro de poco tiempo, pero el santo afecto no es como la lujuria pasajera. El amor de Dios nunca desfallecerá.

A veces se piensa que las cosas del mundo están relacionadas con el comportamiento externo, es decir, las personas con quienes compartimos, los lugares que frecuentamos o las acciones que disfrutamos. Esto no es completamente cierto, pues la mundanalidad comienza en el corazón y se caracteriza por las tres actitudes siguientes:

  • Los deseos de la carne o del cuerpo: los malos deseos del corazón, el apetito de darse el gusto con todas las cosas que excitan y avivan los placeres sensuales.
  • Los deseos de los ojos: deleitarse con las riquezas y las posesiones; esto es la codicia.
  • La vanagloria de la vida: ambición por la grandeza y la pompa de una vida de vanagloria, lo cual comprende una sed de honores y aplausos.

Cuando Satanás tentó a Eva, y a Jesús en el desierto, lo hizo en estos tres aspectos. Por ello, nos debemos preguntar: ¿Refleja nuestra conducta los valores del mundo o los valores de Dios?

Cuando es fuerte nuestro apego por los bienes terrenales, no se espera que lo que deseamos desaparezca. Y para algunos es difícil creer que la persona que actúa conforme a la voluntad de Dios vivirá para siempre. Pero esta convicción debe estar cimentada en las vivencias, muerte, resurrección y promesas de Jesús. Saber que la maldad y el pecado de este mundo tendrán pronto su fin, nos da valor para rechazar la codicia y las prácticas nocivas, y permanecer obedeciendo los preceptos de Dios.

Las cosas del mundo pueden anhelarse y poseerse para los fines que Dios estableció, y hay que usarlas por Su gracia y para Su gloria; pero los creyentes no debemos buscarlas ni valorarlas para propósitos en que el pecado se enseñoree de nosotros. Dios valora el dominio propio, un espíritu generoso y un servicio humilde.

¡El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre!, pues la obediencia es una parte importante de la vida eterna.