Mensaje 2021-Abr-20

Una cuestión de identidad1

Desafortunadamente algunos creyentes van por la vida sumidos en una profunda crisis de identidad; piensan y actúan de una manera contraria a lo establecido por Dios para sus vidas y ni siquiera se dan cuenta de ello. La verdad es que muchas de las crisis espirituales que los creyentes enfrentan tienen su origen en problemas de identidad. Simplemente no saben quiénes son a la luz de la Palabra de Dios, y ¡cuando no sabemos quiénes somos, no sabemos cómo actuar!

Esto nos lleva a plantearnos una pregunta fundamental: ¿Quién soy realmente? Es decir, ¿Quién dice Dios que soy yo? Al responder a esta pregunta encontramos en la Biblia muchos nombres con los cuales se describe a los creyentes: luz del mundo, sal de la tierra, hijos de Dios, reyes, sacerdotes, piedras vivas, entre muchos otros. Al estudiar cada uno de estos nombres y títulos podemos entender mejor cómo es la naturaleza espiritual que recibimos cuando creímos en Cristo y nos rendimos plenamente a Su señorío. Por ejemplo:

  1. La Biblia dice que somos hijos de Dios, y esto significa que somos amados, aceptados, contamos con la protección de nuestro Padre, tenemos un hogar en los cielos y la provisión necesaria para nuestra vida terrenal. Cuando como creyentes entendemos y asumimos nuestra “naturaleza de hijos”, podemos vivir como tales, seguros de los propósitos de Dios para cada uno..
  2. La Biblia también nos describe como piedras vivas (1 Pedro 2:5). Eso significa que debemos ser edificados como casa espiritual para Dios, que somos parte de un edificio más grande que es la iglesia, en la cual tenemos un lugar y una función específica que cumplir. Cuando entendemos nuestra “naturaleza de piedras vivas”, podemos vivir una vida con propósito, poniendo nuestros dones y talentos al servicio de Dios.

La Biblia dice que los creyentes somos “siervos del Dios Altísimo”. Como tales nos debemos interesar sinceramente por conocer y asumir la naturaleza de siervos, declarando las siguientes palabras en voz alta y reflexionando en su significado: “Yo soy un siervo de Dios; debo vivir como un siervo de Dios”.

Cada creyente debe aprender a referirse a Dios haciendo suyas las palabras del apóstol Pablo: “Él es el Dios de quien soy y a quien sirvo” (Hechos 27:23).

 

1 Tomado del libro “Siervos por naturaleza” de Fredy Sierra Castro (2010), Ediciones Edifícate.